Opinión Parlamentaria (27/03/2025). Imaginate a un camionero en la frontera del MERCOSUR esperando con ansias que la fila avance, mientras una familia que vive de un lado y trabaja del otro sueña con que la frontera sea un puente, no una barrera. Estas escenas ilustran el potencial aún no realizado de la integración fronteriza: vidas y sueños que cruzan límites en busca de unión.
La integración sudamericana prometió facilitar estos cruces, pero los desafíos logísticos y de infraestructura persisten. Carreteras en mal estado y aduanas lentas generan filas y demoras que ponen a prueba la paciencia de quienes transitan. Falta coordinación para unificar procedimientos: hay controles duplicados en ambos lados. Así, la libre circulación de personas se ve obstaculizada por controles rígidos y la falta de inversión para hacer los cruces más ágiles. Se pierden oportunidades: los negocios se debilitan y las familias quedan separadas.
Décadas atrás, Europa estaba dividida por fronteras; hoy, gracias al Acuerdo de Schengen y la cooperación, es posible cruzar el continente sin controles y vivir o estudiar en otro país europeo se ha vuelto casi tan sencillo como hacerlo en el propio. La lección es clara: invertir en infraestructura conjunta y apostar por la libre circulación impulsan el desarrollo y acercan a los pueblos. Clave en este proceso fue el pacto de confianza mutua, respaldado por un firme compromiso con los derechos humanos y la dignidad de cada ciudadano.
En el MERCOSUR, algunas iniciativas ya apuntan en la dirección correcta. Los puestos de control integrado —donde las autoridades de ambos países trabajan lado a lado— y un reciente acuerdo que permite a los habitantes de ciudades gemelas acceder a servicios públicos del país vecino marcan pasos hacia fronteras más ágiles. La “Carta de Foz de Iguazú” del Parlamento del MERCOSUR reafirmó la necesidad de una gestión coordinada, la implementación de corredores logísticos y la materialización de la libre circulación de personas. Ahora es el momento de concretar: finalizar obras, unificar sistemas aduaneros y, sobre todo, entender la frontera como un espacio compartido, no como una cicatriz que divide.
Integrar fronteras no es solo un proyecto técnico, sino humano. Significa garantizar que el camionero entregue su carga sin perder horas en la aduana, que la familia separada por la frontera se reúna sin obstáculos y que los trabajadores fronterizos vean sus derechos respetados. Europa demostró que la integración no borra identidades nacionales, sino que suma un sentimiento común. Eliminar barreras no es solo una cuestión comercial, sino un acto de dignidad y acercamiento entre personas. Cada puente construido o burocracia reducida debe recordar las vidas beneficiadas. Es un proceso largo —la Unión Europea tardó décadas—, pero los frutos valen la pena: las fronteras se convierten en polos de cooperación, los ciudadanos pueden vivir y trabajar donde deseen y la economía regional se fortalece. Integrar fronteras es un acto de confianza en el vecino, la certeza de que juntos podemos más. Que el MERCOSUR tenga el coraje de derribar los muros invisibles y abrazar el ideal de una América del Sur sin fronteras, unida no solo por tratados, sino por la fraternidad y los derechos compartidos.